Qué es el síndrome del impostor y cómo afrontarlo

Síndrome del impostor

La vida de prácticas es una aventura. Sobre todo los primeros días, en los que te levantas sin tener muy claro qué vas a hacer y vuelves a casa saturado de información nueva y sin tener muy claro qué has hecho. El tiempo de adaptación es agotador: hay que recordar nombres, lugares, rutas, procesos, quién dirige a quién, quién resuelve qué problemas, dónde se coge el autobús y tantas otras cosas. Entre tanto ir y venir y volver sobre nuestros pasos es inevitable que surjan dudas y que nos cuestionemos si estamos haciendo las cosas bien. Por eso en este post te cuento qué es el síndrome del impostor y cómo afrontarlo.

Se habla mucho últimamente del llamado “síndrome del impostor” como la desazón persistente y a veces paralizante que nos provoca el dudar constantemente de nosotros mismos. Es muy habitual, pero no por eso fácil de sobrellevar.

Funciona así: Puede uno estar enfrascado en una tarea, trabajando bien y a gusto y, que, de repente, le asalten este tipo de pensamientos: ¿Estoy haciendo bien las cosas? ¿Estoy cualificado para esto? ¿Me merezco realmente estar aquí?

La duda es implacable y eterna: nos envuelve cuando menos nos lo esperamos, acecha cuando nos peleamos con el ordenador y cuando nos levantamos a hacer fotocopias, cuando hablamos con nuestros jefes, cuando entregamos algo a tiempo y cuando no. El síndrome del impostor golpea indiscriminadamente a los que están empezando su carrera y los que están cerca de terminarla. El miedo a esa realidad paralela nos atenaza y nos impide vivir con tranquilidad.

¿Y qué hacer ante un enemigo que ataca desde dentro?

La respuesta puede no ser fácil, pero es más simple de lo que parece. ¿Por qué todos dudamos tanto de nuestras capacidades? Porque queremos hacer las cosas bien; llegar no solo a los estándares de nuestro trabajo, sino a los que nosotros mismos nos hemos impuesto. Y podemos, siempre que lo hagamos poco a poco.

¿Juzgaríamos a un compañero que, sin ser un experto en lo que hace, se esfuerza en aprender de y corregir sus errores? Y si la respuesta es no, ¿por qué nos lo hacemos a nosotros? El mejor remedio contra la duda no es la certeza, sino el perdón. Si pedimos ayuda cuando nos hace falta, si asumimos que podemos cometer errores, que todavía estamos (y seguiremos) aprendiendo y que nuestros fallos no nos hacen mejores ni peores, solo humanos, ¿qué le queda a la duda para herirnos?

Nos queda mucho por aprender, sí; ¿y qué? No se avanza en el camino dando siempre los mismos pasos.

Andrea Mosquera
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